miércoles, 2 de septiembre de 2009
Despropósito y controles
Dicen algunos sabios que el mundo es un infinito despropósito. El orden estricto, el control, la seguridad no existen, es cierto; pero el señor gato nota en sus bigotes y en la punta de sus mullidas patas que el universo es una sinfonía con propósito, el único que conoce: seguir generando vida. Y es que la vida solo sabe hacer vida, de forma incesante, la creación en sesión continua. En ese sentido no existen el orden, el control y la seguridad tal como nuestras mentes, hipertrofiadas de raciocinio, consideran. Agarrar la corriente de la vida es el desatino, ése es el despropósito; oponerse al cambio es el disparate mental de los seres humanos. Los excesos razonadores provocan la risa limpia del señor gato cuando oye a los humanos decir que hay un pasado y un futuro, y todo porque existen libros de historia y agendas. La vida es una danza -le gusta decir y sentir al señor gato- y es nuestra danza interior y exterior. Vivimos y cambiamos a pesar de nuestros cerebros controladores e hiperactivos, a los que cuesta enterarse de que también somos instinto y sentimiento, y una suave e ilocalizable bruma que se llama espíritu. Observar en lugar de controlar, y no por eso se nos va el mundo de las manos: ya se fue, desde siempre se había ido. Creemos que el mundo es un despropósito porque nuestra pequeña central de control no controla casi nada. El despropósito es creer que podíamos controlar. Todos es cambio y la noticia más tranquilizadora (o alarmante, según se mire) es que ese cambio lo hacemos nosotros, o sea el universo autoexpresado, "o algo así", dice el señor gato, que no entiende demasiado las palabras de seis sílabas.
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