jueves, 27 de agosto de 2009
Luz perpetua
Sabe el señor gato que la luz nace del interior de los seres y se extiende por el mundo. Dentro de cada individuo, sea persona, planta, planeta o piedra, hay una luz prestada y propia al mismo tiempo, una luz que se expande en busca de otras y que, en su movimiento perpetuo, crea también las sombras y da forma a todo. La luz sale de las miradas, no entra en ellas. Cuando la noche es muy oscura, el señor gato sabe que esta percepción solo existe porque él lleva la luz dentro. Sin sol no hay luna, sin mañana no hay noche, da igual lo que digan los astrónomos. Por eso hay que buscar el brillo en cada cosa; nada es por entero opaco ni por entero radiante. La vida es un baile de movimiento, pero también de luz, es un darse cuenta, un prestar atención, un dejarse invadir por los fenómenos que nos rodean (por fuera y por dentro): si no hubiera luz nada de esto existiría, andaríamos ciegos en un mundo imposible de distinguir, en un mundo sin formas, un no-mundo imposible de originarse ni de sufrir transformación, algo que jamás habría existido.
lunes, 10 de agosto de 2009
El señor gato sabe que el esfuerzo, como el deber, no existe. Ni siquiera se lo plantea, porque es algo humano. Ambos son pura propaganda del sutil sistema de esclavitud universalizado. Existen la dedicación y la responsabilidad. Esfuerzo viene de fuerza y emparenta con forzar. Para hacer fuerza tiene que haber una resistencia, y ésta solo existe en el plano de lo físico. En la mente y aun en medio de una actividad sostenida la fuerza ni sirve ni puede tener lugar. Contamos con la actitud, la intención, la dedicación, bellos sustantivos a los que hay que añadir la aptitud, que es el origen certero de las consecuciones del individuo. Sin aptitud no hay esfuerzo que valga, pero la propaganda adormecedora y esclavista se empeña en darle el primer lugar a tan triste e inútil procedimiento para alcanzar los deseos y objetivos. Es un modo de llevar a las personas a un callejón sin salida y, por tanto, a una concepción del mundo sin esperanza y, sobre todo, sin dicha: el esfuerzo, por inútil, aniquila la felicidad. Por eso, con él engañamos a los niños para que hagan lo que no quieren, y ahí le encontramos un uso perfecto al término y su idea porque a los pequeños los forzamos, y en vez de enseñarles a reconocer la necesidad les inventamos el deber, como nos hicieron a nosotros. Así luego se pasan (nos pasamos) la niñez y la adolescencia obligados a mil estupideces, sistemas de estudio vacuos y otras adormideras varias que les enseñan a trabajar con esfuerzo y sentido del deber y les crea un bonito vacío, lejos de su propio espíritu, mediante el que es normal que se lancen al alcohol, las drogas y un sexo mecánico, por ejemplo. Seres creativos por naturaleza han aprendido a obligarse: aprendizaje como sinónimo de tortura. Ahí los (nos) tienen: el tarado social acaba de salir del horno recién hecho; ya puede competir, usar los codos, inventar guerras... le duele el cuerpo y el alma de hacer tanta fuerza, y en el fondo se pregunta qué hace en este esforzado mundo, y así inconscientemente se dedica a destrozar todo lo que pilla, que para eso está fuerte de cuerpo, y de mente, de mente rígida, claro.
A pocos se les ocurre bendecir la energía de cada individuo y que éste la expanda y desarrolle dándose tiempo a conocer cuál es su aptitud, su actitud, su intención y su deseada actividad, que se pondría en marcha sola, sin que nadie empujara, con un inexistente esfuerzo, ni siquiera mínimo. Pero el sistema socio-económico, psicologista, bancario, etc. está demasiado ocupado en mantener la sociedad que necesita y que, eso sí, tiene el mérito de controlar con un gran esfuerzo.
A pocos se les ocurre bendecir la energía de cada individuo y que éste la expanda y desarrolle dándose tiempo a conocer cuál es su aptitud, su actitud, su intención y su deseada actividad, que se pondría en marcha sola, sin que nadie empujara, con un inexistente esfuerzo, ni siquiera mínimo. Pero el sistema socio-económico, psicologista, bancario, etc. está demasiado ocupado en mantener la sociedad que necesita y que, eso sí, tiene el mérito de controlar con un gran esfuerzo.
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