domingo, 31 de mayo de 2009
Esfuerzo
"Curiosos los humanos: tienen una pretendida virtud que es el esfuerzo." Dice para sí el señor gato, que nota que la respiración entra y sale de él sin poner el menor empeño.
jueves, 28 de mayo de 2009
Dicen que se llaman "personas"
Al señor gato le gustan las personas. Pero el señor gato no sabe que se llaman así. Él oye que la gente habla y habla porque es así, porque las personas se pasan la vida hablando; es una característica que tienen, y claro, de tanto hablar lo nombran todo: esto es tal y aquello es cual. Pues vale, dice el gato. Y tú eres un siamés, o algo así: pues vale, dice el gato, y se ríe enseñando y escondiendo sus ojos azules. Le da risa la gente, es divertida. Cuanto más serias se ponen las personas, mayor espectáculo para él. Por eso las quiere. Y además, le dan de comer. Así el amor, para el señor gato, no tiene remedio.
Carpe diem o algo así
"Todo paso es danza", piensa y siente el señor gato, mientras gira sobre sus silenciosas almohadillas. Y sabe que lavarse el lomo levantando esa pata al estilo Bolshói es más danza que higiene, es entretenerse y ser presente en la belleza. Cualquier movimiento es danza, pero si lo hacemos con atención es arte de vivir. Cuando caminamos, lo sepamos o no, bailamos; pero si estamos presentes en sentir bajo los pies las frías losetas o la madera cálida o la piedra rugosa, hacemos arte del vivir y atrapamos gentilmente el momento, carpe diem, que dijo el vividor Horacio. Qué bien le suenan estas palabras al señor gato, que no las entiende ni jota, pero la magia de los sonidos recorre su relajado y relamido cuerpo allá entre las altas hierbas.
miércoles, 20 de mayo de 2009
El tiempo felino
Los felinos se deslizan por la vida sin apenas ser sentidos. Así también el tiempo cronológico. El sol sale, orbita de este a oeste, y se pone. Otro día más u otro día menos. Al señor gato eso no le afecta más que como espectáculo de prestidigitación astronómica. Piensa en lo bella que es la luz en los diferentes momentos de la jornada, pero, como no padece del vicio de la tristeza, nunca piensa tempus fugit, a lo que le ayuda también la suerte animal de no tener remota noticia de que existe el latín. El señor gato juega con el tiempo como con los ratones de su huerta: goza del don natural de correr tras ellos, acecharlos, atraparlos o dejarlos ir. Así también con el tiempo interior. Él siente que es lo mismo y nos lo traduce a la humana manera más o menos así: "El tiempo se para y se comprime cuando se vive a propósito, con atención e intención; cuando contemplamos a los demás seres y apreciamos lo que decimos y nos dicen, y cómo lo decimos y nos lo dicen. Vivir adrede crea precisión en la visión y la vivencia de los días, y esa experiencia detiene la sensación de huida, concreta cada cosa y nos hace ver que nada es igual. Uniformarlo todo crea el tedio. Trabajo eterno, aburrimiento eterno, ocio eterno hacen germinar el tedio, que viste siempre de gris y nos desconecta de la vida, perdiendo el sentido del tiempo que nos interesa: un cambio continuo y bello, como las horas del día que contemplo desde mi atalaya hasta que llegue el momento de mi disolución, y entonces pasaremos a otra cosa", dice el señor gato con misteriosa sonrisa felina.
martes, 19 de mayo de 2009
Ver la vida
El señor gato elige la isla porque es lugar breve y con límites. Elige la isla porque en ella ve cielo, mar y agua sin moverse de su sitio. Y aun caminando, abarca las tres manifestaciones del mundo. Allí puede reflexionar sobre el universo entero tomando como muestra un pequeño pedazo de él. Se sienta durante horas con los ojos entornados, ni dormido ni despierto, solo atento y despejado, y ve la vida, la observa en silencio, hacia fuera y hacia dentro. Sabe que la vida sale de su corazón y demás vísceras y vuelve de nuevo allí tras pasear por la experiencia. Sabe que él mismo es vida y todos los demás gatos y bichos, lo que incluye a la gente que le da de comer porque él se lo merece por ser, como ellos, vida.
martes, 5 de mayo de 2009
Informados
El señor gato vive de espaldas a los televisores y de orejas desviadas de los noticieros de la radio. Ama cierta música, pero siempre que le deje oír sus propios ronroneos, ese milagro felino que ni él se explica y que tampoco le quita el sueño; al contrario, se lo da. Sabe que el llamado mundo de la información no es más que un montón de sombras, de ceremonias de la prisa y el embotamiento de los sentidos. Llaman saber a una acumulación y sucesión de noticias alarmantes, limitantes de la toma de decisiones del ser humano. Dicen que cuantos más datos tienes, más posibilidades de tomar decisiones. Mentira. Cuantos más datos, menos posibilidades de decidir, más material ya masticado y envuelto en órdenes sutilmente enviadas por un mundo de psico-socio-pedagogía funesta. Aprendo del señor gato, que entorna los ojos y parece decirme: "mira estos árboles y este cielo aún azul sobre nuestras cabezas ligeras y felices."
viernes, 1 de mayo de 2009
La danza del torbellino
"Dejar venir, dejarse penetrar de la energía favorable que nos busca, que vaga por el mundo donándose graciosamente y con gracia. El torbellino de energía nos circunda, nos envuelve, y resultamos ser -vaya sorpresa- el propio torbellino. Bailamos con lobos y con hombres, con el señor gato, que come nuestra comida, que ya es suya, bailamos con el ruido del vecino, celebración del sonido libre. Bailamos con el quiosquero, con el que nos vende el pan, el tabaco y el vino, con las cajeras del supermercado y los compañeros de trabajo. Bailamos mientras hacemos negocios, hablando por teléfono en el milagro de cables y de ondas, y haciendo la comida, escribiendo la lista ritual de la compra. Bailamos con los ojos asomados a la ventana, con las manos al volante del generoso coche. Bailamos al son de la luna, reflejo de nuestra alma inmortal y ajena. Somos sin ser y aun así, bailamos; somos un torbellino que se hace, se hace y se hace y jamás, bajo ninguna circunstancia, desaparece. Ese es su defecto, no sabe desaparecer, salió en ese rasgo a su padre, el Universo, y a su madre, la Naturaleza". No está mal, dice para sí el señor gato, solo que, piensa, él creía que la comida siempre fue suya.
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