domingo, 29 de noviembre de 2009
Sexo y patriarcado
El señor gato ve que la sociedad patriarcal en la que viven los humanos, sin ninguna duda, se sostiene en un código de continuada violencia velada y bien medida. La auténtica alienación de las personas parte de la incomunicación, de romper el vínculo de cercanía desinteresada inherente al ser humano y que el poder (un ente cuanto más abstracto más manipulador) promociona sin el menor escrúpulo. A mayor separación entre los seres humanos, menor esencia humana. Uno de los muchísimos medios para llevar esto a cabo, y quizá uno de los más importantes, es la cuestión del sexo. El uso de la paradoja con el fin de confundir a las personas desde la infancia es una técnica refinada del poder destructivo y alienador. Se explica el señor gato: a las niñas y a los niños, desde su nacimiento, se les educa ("educar" significa conducir, sin más) en una visión exagerada de su condición sexual de macho o hembra, mediante la cual se les carga (ahí empieza la violencia, con cargas ajenas) con una serie de supuestos derechos y deberes por el simple (sí simple) hecho de haber nacido fisiológicamente mujer u hombre. Es un modo muy sutil de separar y enfrentar. Es irrenunciable al camino de la libertad humana el que aprendamos (solas o solos, si es necesario) que por encima de todo somos personas, y que cada vez que afrontamos con nuestros sentidos a otro ser humano lo único realmente sano es ver, de entrada, a una persona. Tan sencillo como difícil de hacer, dada la programación que nos traemos puesta desde tan atrás. Es la única forma de permitir la cercanía y el reconocimiento humano. La hipercaracterización del sexo es una aberración calculada. Y la paradoja se produce cuando frente a esa aberración se promueve la otra de reprimir la sexualidad. Primero se bombardea a la persona con la condición sexual (como si fuera una condena) y, después, cuando ésta (hombre o mujer) quiere expresarse libre y naturalmente, se le reprime y se le ponen trabas morales de todo tipo (moralidad entendida como algo impuesto artificialmente desde fuera, no como la ética natural humana, que no es más que respeto a sí mismo y al otro). No extraña así que niñas y niños crezcan en la falta de información, como personas machacadas con la "determinación" de su fisiología por encima de su mente, su corazón y su espíritu, y luego no se les deja ser sexuales en todo el sentido animal y humano-afectivo de la palabra. Si la sexualidad no es libre el ser humano es esclavo (y no es necesario andar con mayores metafísicas) y eso lo saben bien poderes políticos y religiones varias. Todas las religiones, sin excepción, manipulan la expresión de la sexualidad para aplastar el desarrollo de las personas y para controlar de modo artificial el empuje y manifestación de la naturaleza; o sea, ponen barreras a la felicidad natural de hombres y mujeres, a quienes hacen violencia por igual, aunque en la sociedad patriarcal ( campeona de la mayor violencia antinatura) las mujeres salen destrozadas. El ejemplo de la maternidad (que en una sociedad matriarcal se trataría con la naturalidad que precisa) es clara prueba de ello. La pretensión enloquecida de que una mujer no tiene el derecho a elegir sobre su propio cuerpo no merecería el menor comentario en una sociedad sana. Que una mujer tiene derecho a elegir ser madre o no, sin ningún tipo de presión externa, estaría fuera de duda en una sociedad que de verdad apoyara y velara por la libertad del individuo. La sexualidad es una comunicación y un placer solitario o compartido entre seres humanos (con la combinación que cada cual desee), pero la maternidad es asunto de las personas que tienen útero. ¿Dónde está el problema?, se pregunta el señor gato.
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