lunes, 6 de abril de 2009

El fluir de los felinos

No podemos dejar de fluir. Sería suficiente escribir esto, y fin de la reflexión. Caminamos en la segunda realidad del sueño igual que lo hacemos durante la vigilia. Piensa siempre nuestra mente, pues otra cosa no sabe hacer, y nunca para. No existe la mente en blanco, y en sueños hasta se dispara. No hubo buda, por despierto que lo llamaran, que conociera o pretendiera la mente en blanco. Y todo este ajetreo lo podemos enfocar como angustioso amontonamiento o como ritmo vital precioso, rápido y lento, ligero y demorado, pero jamás quieto. Y en el movimiento (que incluye la quietud, qué cosas) descubrimos la levedad, la falta de peso que nos infunde, al ser conscientes de ella, la hermana ligereza. El eterno movimiento de la tierra bajo los pies nos acompaña. Hasta las piedras caminan. El árbol, viejo pariente, no se detiene, ni en la tierra, con el festival de sus raíces, ni en el aire, componiendo sus sinfonías; y como el dios romano Proteo, sigue siendo bajo las más diversas formas que toma la madera. Observación y movimiento, el fluir de los felinos, señor gato.

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